jueves, 23 de enero de 2014

Sopa de anchoas

I. ¡Despierta, atolondrada! 

Un gran ojo de iris azulado y largas pestañas negras hacía las veces de tragaluz en mitad del techo de la alcoba. En la cama —una gigantesca cama de torneado cabecero de madera— dormía Agatha entre mantas gruesas y gatos atigrados. El despertador de la mesilla, en forma de calavera, comenzó a chillar de un modo impertinente y acusador. 
“¡Despierta, atolondrada! ¡Despierta, atolondrada! ¡Despierta, atolondrada!”
Agatha abrió los ojos y miró hacia arriba. El ojo-tragaluz pareció sonreír. Al poco se cerró, para no volver a abrirse hasta el anochecer de aquel día. “Todas las mañanas la misma historia”, pensó Agatha, sonriendo.
—Buenos días —musitó, estirándose perezosamente; en medio de un bostezo largo y profundo salió de la cama, y el frío mordiente de la habitación le arrancó los últimos vestigios de calor que conservaba. El gastado suelo de madera chirrió bajo sus pies, como quejándose de su peso.
—Agatha, hoy debes llevar un poco de sopa de anchoas al profesor Mooplethingle, ¿no es así? —preguntó entre ronroneos uno de los perezosos gatos. Agatha lo miró con gesto de fastidio.
—No me gusta ir al despacho de Mooplethingle —refunfuñó—. Es angosto, y sucio, y huele mal, y tiene cosas muy raras, y además las cabezas reducidas que tiene en la vidriera del fondo me odian. ¿Sabes que la semana pasada las pillé criticándome? 
—No exageres —dijo el gato, saliendo de entre las mantas y saltando torpemente de la cama—. No son tan chismosas.
—¿No? ¡Entonces ven conmigo y aguanta tú sus impertinencias! —Cogió al animal en brazos y salió de la alcoba, aún descalza, no por la puerta principal, sino por otra, situada junto a la cama—. Veremos si son chismosas o no.
Apareció en un lóbrego pasillo con las paredes cubiertas de tapices multicolores y el suelo lleno de hojas de parra.
“¡Qué mala suerte!”, se dijo Agatha, “¡Han vuelto a nevar hojas del techo!”. Los techos de aquel castillo —el Castillo de los Siete Lamentos, pero que todo el mundo llamaba, para abreviar, el Castillo— solían tener la fea costumbre de dejar caer hojas secas en ciertos momentos del año o, mayormente, en época de exámenes. 

—¡No! —negó el gato, tratando de zafarse de los brazos de su ama—. ¡Mooplethingle me hizo comer galletitas de bígaro la última vez que me atreví a entrar en ese antro pestilente! ¡No, no y no!
—¡Vamos!
Al final del pasillo había otra puerta, aquella vez ovalada, estrecha, gastada, pintada de verde esmeralda y con un cartel sencillo de letras doradas que rezaba:

“PARA ABRIR, PULSE ALMOHADILLA. PARA CERRAR, PULSE ESC”

Bajo el cartel había un único botón en forma de pequeña almohada de color marfil. Agatha no dudó. Apretó la almohadilla con el índice de la mano derecha y esperó a que el mecanismo interno de la puerta se activase. En efecto, no pasaron ni cinco segundos cuando las tripas de la puerta empezaron a chirriar. El mastodóntico picaporte broncíneo se giró con lentitud y la puerta, después, cedió hacia afuera. Un rayo de sol cobrizo, tamizado por las nubecillas finas en lontananza, penetró en el pasillo y dejó a Agatha sin vista durante unos momentos. Cuando sus ojos se acostumbraron al fulgor del nuevo amanecer, descubrió el jardín, donde los árboles rosquilleros ya empezaban a florecer como cada primavera. Pronto darían unas rosquillas magníficas. 

Agatha aspiró el aire límpido de la mañana y, sin darse tiempo a sí misma para pensar en lo que hacía, penetró en el jardín rumbo a la Torre de los Alquimistas, donde se encontraba la cocina y, en lo más alto, el despacho del profesor Mooplethingle. La sopa de anchoas estaría ya lista para él. Tan sólo era preciso armarse de valor para subir hasta el despacho. Y aquel día, Agatha era la encargada.

© Irene Sanz 2014


jueves, 6 de junio de 2013

The Mechanic Dove

Legajo nº 1: El plan

13 de noviembre de 1870, al atardecer:
Evangeline Trinity Clatterbuck quería asesinar a la señora Butterworth, y eso no era ninguna novedad. Por miles se contaban las veces en las que había fantaseado con envenenarla, acuchillarla, chamuscarla y descuartizarla, no necesariamente en ese orden. Pero las fantasías estaban tocando a su fin. Pronto la odiosa solterona, oronda como una peonza y de voz rasposa como la de una urraca, dejaría de fustigarla con sus impertinencias.
Evangeline terminó de ajustarse el favorecedor polisón de su vestido granate, cogió el manguito de armiño blanco y descendió sigilosamente por las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Una vez allí, bajó la intensidad de la lamparita de gas y salió de la casa, el número 13 de Blair Street. Allí en Edimburgo el tiempo estaba harto desapacible, y desde el encapotado cielo se escapaban gotas de lluvia como puñales de hielo.
Comenzó a caminar por el resbaladizo empedrado de la calle, en dirección a Cowgate, donde el mugriento pub de Bannerman´s bullía como un hormiguero de la mañana a la noche. Sin duda alguno de los borrachos que solía frecuentar el lugar se fijaría en su exuberante cabello del color del fuego y en su talle estrecho y torneado, pero nada de eso importaba. Tras unos minutos de silenciosa caminata calle abajo, llegó ante la fachada, cogió el pegajoso picaporte de la puerta y tiró hacia atrás, entrando poco después. El lugar estaba abarrotado de escandalosos parroquianos, y en el aire flotaba una traviesa humareda amarillenta, hedionda, curiosamente grasienta. Sus grandes ojos verdes pasearon por cada rostro, a cuál más abotargado, en busca de uno conocido. Al fin, tras un buen rato de observación, dio con él, un rostro afilado y moreno de mirada torva, perteneciente a un hombre apuesto de alto bombín color índigo a juego con su traje. La pinta de cerveza negra que reposaba ante él, sobre la maltratada barra, parecía a medio terminar. Jacob Henry Coleridge, lord Coleridge de Cornualles, Jack para los amigos, la esperaba desde hacía un buen rato. Cuando la vio aparecer a su lado no pudo por menos que levantarse de su renqueante taburete y hacer una pequeña y respetuosa reverencia.
—Señorita Clatterbuck, está usted radiante —piropeó. Evangeline le sonrió cortésmente, halagada. Escogió otro taburete en el que tomar asiento y con una simple frase le pidió al obeso cantinero una jarra de zarzaparrilla.
—Es usted muy amable —dijo, con el tono de voz un tanto musical—. ¿Ha traído lo que le pedí?
—¡Oh, por supuesto que sí! —dijo lord Coleridge, empezando a rebuscar entre los bolsillos de su chaleco de terciopelo negro—. He traído lo que quería, un compuesto venenoso a base de alcaloides de beleño, estramonio y adormidera.
Sacó entonces del bolsillo un frasquito diminuto de vidrio azul, satinado. Evangeline lo miró un instante con los ojos fulgurantes por la emoción.
—Magnífico —opinó, extasiada.
—Con un par de gotas de esto podría matar a un oso —opinó lord Coleridge, poniendo en las tiernas manos de la joven el frasco.
—Únicamente pretendo matar a una mujer.
—¿Ha pensado en el Yard? ¿No es el típico asunto en el que meten las narices?
—Puede que sí, pero para cuando lo hagan, yo ya estaré rumbo a Bristol.
—¿A Bristol, señorita? ¿Es que desea abandonar Edimburgo?
—Cuando la señora Butterworth aparezca asesinada y el Yard investigue las causas de su muerte, lo primero que hará será sospechar del servicio. Y yo soy su dama de compañía. ¿Cuánto tiempo cree que tardará en acusarme del envenenamiento?
—No tardará, eso es cierto. —Dejó escapar un suspiro ahogado—. Bien, entonces, ¿dice que partirá a Bristol?
—Sí, Coleridge —confirmó Evangeline, guardando el bote en el interior de su manguito—. The Mechanic Dove estará lista para partir esta misma noche.
Coleridge se quedó callado durante unos segundos, tan inmerso en arcanas cavilaciones que incluso Evangeline se apercibió de su repentino ensimismamiento.
—Permítame ir con usted, quedarme allí al menos hasta que el Yard deje de seguirle la pista —terminó por decir, con una determinación casi irracional. El tono con el que dijo aquellas palabras denotó anhelo, casi súplica.
—¿Usted querría? ¿Y qué hay de su magistratura? ¿Qué hay de su hacienda en Danderhall? No puede abandonarlo todo así como así.
—¿Y por qué no? Será temporalmente. Sabe demasiado bien que haría cualquier cosa por verla feliz a usted, señorita. Vamos, ¿qué me dice? ¿Acaso soy tan mala compañía?
—No, lord Coleridge —negó Evangeline, volviendo a ruborizarse como una chiquilla—. Está bien, haga cuanto guste. Yo no le frenaré.
—¡Perfecto! Estaré esperándola donde me diga.
—La señora Butterworth suele tomarse una copita de coñac pasadas las diez de la noche —explicó Evangeline—. Es el mejor momento. Espéreme en la dársena 12 del aeródromo de South Broughton a medianoche. Allí estará The Mechanic Dove.
—Así lo haré, señorita Clatterbuck.
Evangeline alzó la jarra de zarzaparrilla y brindó con lord Coleridge. En efecto, las fantasías parecían ir a convertirse muy pronto en realidad.

(c) Irene Sanz 




miércoles, 29 de mayo de 2013

Se posará lánguido el anochecer

Hacía mucho tiempo que no actualizaba el blog. Los días nacen y mueren rápidos, y cuando una clava la mirada en el pasado reciente, se apercibe más que nunca del inexorable paso del tiempo. 
A veces la poesía invade poderosamente los sueños. En mitad de la noche, los ojos de la mente revelan versos arcanos que nadie ha escrito jamás. Y es al amanecer cuando el cálamo, amante celoso, deja constancia de su silencioso brío en el marfil de un papel mísero.
Que os guste. 



SE POSARÁ LÁNGUIDO EL ANOCHECER

Se posará lánguido el anochecer
sobre el recuerdo de algo sin nombre,
sobre los besos no dados de un hombre
que, aun distante, buscaba mujer.

Llamará el tiempo al olvido
cuando sane el corazón dolido,
cuando la vida siga un camino
que, aun extraño, no sea baldío.

Tornará la pena en alegría
cuando mi alma la tuya no ansíe,
cuando pasen las épocas frías
que, aun hermosas, todo rendían.

Morirá en silencio el amor hundido
como muere el coraje sin un ideal,
como muere el espíritu perdido
que, aun vivo, acaba en soledad.

Aquellos días cargados nacerán
de ilusiones, risas y melodías,
y el alma estará en armonía
con otra que en vida me buscará.

Se posará lánguido el anochecer
sobre las caricias que no fueron dadas,
sobre las palabras envenenadas
que, aun no dichas, tornaron en querer.

(c) Irene Sanz

Lo dicho, la poesía irrumpe a veces en los sueños con más fuerza que cualquier otra cosa. Y duro se debe tener el corazón para no escribir las palabras que de la mente brotan. 
***
"Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor."

San Agustín




sábado, 23 de marzo de 2013

Peligroso descubrimiento

-¡Por las pulgas del Cancerbero! -exclamó el anciano mago cuando, por fin, la fuerte explosión destrozó gran parte de su equipo de alquimia avanzada y quemó los lomos de todos los libros de los que disponía en su angosto laboratorio.
La tambaleante torre de gastados sillares grisáceos pareció amenazar con hundirse de un momento a otro. En realidad la magia de Meruhem era lo único que aún lograba mantenerla en pie. Por el chirriante suelo de tarima quedaron diseminados miles de diminutos cristalillos procedentes de las redomas rotas y de los frascos reventados. El humo azulino resultante del estallido comenzó a salir en algarazos por las cuatro ventanas de la cúspide del torreón.
-¡Señor Tingwell! ¿Se encuentra bien? -preguntó una preocupada voz al otro lado de la puerta del laboratorio. Era Deliverance. La pequeña y pelirroja Rhagonycha Deliverance, ayudante del hechicero desde que tenía uso de razón, lo cual no era demasiado teniendo en cuenta que tan solo contaba diez tiernas primaveras. 
El barbudo y cadavérico Meruhem se sacudió el manto índigo para quitarse el polvo de encima y corrió aparatosamente entre los desperfectos para poder abrir a la muchachita. Giró el broncíneo picaporte y pegó un tirón. Deliverance contuvo un grito de pura sorpresa al ver el lamentable estado en el que su mentor se hallaba. La delgada cara tiznada de ceniza blancuzca, las ropas desmejoradas y quemadas, la barba medio calcinada, y como contraste los ojos chispeantes, eufóricos en su intenso color esmeralda.
-Me encuentro perfectamente, mi querida Deliverance.
-¡Ha hecho usted añicos el laboratorio entero! -se lamentó la niña, mirando aprensivamente la alfombra de cristales rotos que cubría el suelo.
-¡Sí! -afirmó Meruhem en un tono más agudo que de costumbre-. ¡A cambio he hecho un descubrimiento sorprendente!
-¿De qué se trata?
-¡Mi maestro, Evestrum Linneo, tenía razón! ¡Ven! ¡Pasa!
Hizo entrar a la intrigada niña hasta el caótico interior de la sala, esquivando muebles destrozados y restos indefinidos de objetos que habían quedado reducidos a basura.
-¡Linneo fue un genio! Halló un potente explosivo a base de palpos maxilares pulverizados de sexpunctatum, veneno de víbora de cuerno, leche de eléboro y unas gotas de idroagira.
-¿Está seguro?
-¡Segurísimo! Él dejó escrito en uno de sus grimorios que el agua alcalina debía pasar previamente por un filtro hecho de óxido de silicio durante tres noches por medio de una bomba a batería. ¡Así lo hice! Tres noches sin pegar ojo, queridísima Deliverance, pero, ¡lo he logrado!
La niña se acercó con timidez al escritorio ennegrecido por la explosión, y Meruhem dejó escapar una risilla eufórica.
-Como bien sabes, la leche de eléboro irrita la piel y es altamente tóxica, de modo que, cuando la mezclé a partes iguales con el veneno de víbora, tuve que hacerlo con los guantes de piel de tritón que me regalaste el mes pasado -explicó el mago mientras limpiaba con su propia barba el polvo denso que cubría uno de sus libros de química-. La operación realmente peligrosa viene cuando se añaden los palpos maxilares en polvo. Se crea una pasta negruzca tan pestilente como excrementos de duende. Además es muy corrosiva y un tanto radiactiva, con un número atómico Z de 83. Sin embargo no se vuelve explosiva hasta que el agua alcalina pasada por el óxido de silicio no comprime su masa molecular y provoca la fisión del núcleo.
-¿Ha provocado una fisión nuclear con veneno de serpiente y antenas de insecto? -preguntó Deliverance, extasiada.
-¡Exacto, mi estimada pupila!
-¡Es fabuloso! ¡Me alegro mucho por usted! -le felicitó la joven, con una encantadora sonrisa pintada en su carita.
-¡Oh, qué gran día para la ciencia, Deliverance! ¡Qué gran día! ¡Imagina el poder que tendrá quien disponga de la fórmula de este explosivo!
Al instante toda su alegría se desvaneció cuando Deliverance dejó de sonreír. La celebración desapareció de golpe. El silencio se volvió aplastante y desolado.
-Es peligroso, señor Tingwell -opinó la jovencita, el semblante sombrío y los ojos tristes.
-Mucho, querida Deliverance -consideró Meruhem, tan repentinamente apenado como su candorosa pupila -. Nunca nadie debe conocer esta fórmula. Nadie. Nunca.
Deliverance bajó la mirada hasta clavarla en las gastadas punteras de sus zapatos.
-Hay que esconderla.
Meruhem asintió silenciosamente. Y es que ciertas cosas no todo el mundo debe saberlas.

(c) Irene Sanz

lunes, 11 de marzo de 2013

Tarta de frutas

Aún no me había recuperado completamente de las desagradables náuseas que me había producido el viaje desde el aeropuerto de Copenhague-Kastrup hasta aquella plaza del centro de la ciudad. A pesar del vientecillo helador que parecía heraldo de más lluvias, no logré despejarme un ápice. Sören y yo habíamos quedado a las doce en la plaza de Kongen Nytorv, donde, a esa hora, la rumorosa muchedumbre de paisanos y forasteros emulaba un perfecto hormiguero humano. El viaje no había durado más de diez minutos, pero fue tiempo suficiente para que el estómago se me revolviera. 
Ahí estaba yo, perdida y mareada en medio del tranquilo gentío mientras la torre de la iglesia de San Nicolás, una afilada aguja verde que se alzaba al cielo como intentando arañar las nubes, veía desdibujados sus estilizados contornos por la niebla y la lluvia. Y estaba esperándole. Sí, a él. Levanté la mirada cuando una minúscula gota de lluvia se posó en mi nariz. Maldije a Sören. Iba a llover más, si cabía.
-¡Aroa! -escuché que me llamaba alguien a mis espaldas. Al girarme le encontré a pocos metros de mí, medio engullido por el torrente humano y con una preciosa sonrisa perfilando sus finos labios. Las tripas se me retorcieron de puro nerviosismo. Cogí mi maleta bermellón y me acerqué a él, tratando de esconder, si bien a duras penas, el malestar que azotaba mis entrañas. Pero, ¡oh, magia ignota! Aquel malestar fue desapareciendo conforme mis desvaídos pasos me llevaban ante él. Al mismo tiempo me parecía estar llegando a las mismísimas puertas del cielo.
-Estás preciosa -me dijo, ensanchando aquella sonrisa suya que podía fácilmente devolverle la vida a un cadáver, por muy putrefacto que estuviese.
-Tú también estás muy guapo -logré comentar. No mentía en absoluto. Estaba guapo, muy guapo. Se inclinó sobre mí, me prodigó dos besos formales y cogió mi maleta para llevársela consigo. El corazón bailoteó en mi pecho durante un milisegundo, para quedar irremediablemente petrificado ante la despiadada frialdad que Sören mostraba conmigo. Los ojos, por un momento, me picaron. De haber podido mirarme en un espejo, los habría visto enrojecidos. La incertidumbre que me invadía desde hacía meses se estaba convirtiendo en una verdadera tortura. 
-Ven, anda. Vamos a La Brasserie -dijo Sören, dándose media vuelta y poniendo rumbo, entre la inquieta muchedumbre, hacia un lugar desconocido para mí.
-¿La Brasserie? -Estimé que mi voz no me delataba demasiado-. ¿Qué es eso?
Sören se giró un segundo para mirarme con esos ojos suyos como hechos de mar embravecido.
-Un café donde sirven la mejor tarta de frutas de la ciudad.
Volvió a negarme la masculina hermosura de su rostro y continuó sorteando riadas de visitantes. Yo le seguí, muda de tristeza por espacio de varios minutos, hasta que me decidí a hablar de nuevo.
-¿Cuánto tiempo has estado esperándome aquí?
-Toda la mañana.
Aquella contestación fue peor que toda la lluvia del mundo sobre mi embarullada testa.
-¿Toda la mañana?
-Sí.
La Brasserie se mostró ante nosotros con la humilde e impertérrita majestad de los establecimientos gozosos de cierta historia. Al entrar, un extraño y acogedor murmullo, tan tenue como heterogéneo, me envolvió y me arropó como haría una madre amorosa con su hija. Y el aroma dulce de las tartas, expuestas como estaban en un mostrador de cristal cóncavo, me hizo sonreír a pesar de todo. Una mesa y dos sillas vacías, junto al amplio ventanal que daba a la plaza, parecían estar esperándonos desde hacía largo rato.
-¿Y por qué has estado aquí toda la mañana? -le pregunté, llevando una mano un tanto acusadora a la plaza, que poco a poco volvía a hundirse en una grisácea oscuridad, preludiando un buen chaparrón en ciernes. Sören se acomodó en una de las sillas y yo en la otra, tratando a la vez de desentrañar algún enigma de los muchos que me planteaba su pétrea expresión facial.
-Porque llovía -me contestó, tan tranquilo que casi me dieron ganas de abofetearle, rabiosa.
-Eso no tiene sentido.
-¿Y por qué no? -me preguntó. Pretendía responderle cuando una mujer de rostro redondo y tez rubicunda nos sirvió té y dos trozos de tarta. Me fijé en el de Sören. Parecía de limón. Y simplemente ignoré el mío.
-Porque nadie pasea bajo la lluvia -le contesté. Sören, en vez de extrañarse, me sonrió.
-No he dicho que estuviera paseando. 
-¿Entonces? ¿Por qué estuviste tantas horas?
Sören perdió la mirada en la plaza, aquel fastuoso rincón de Copenhague sobre el que una repentina pero previsible lluvia descargaba de nuevo su cólera.
-Porque me gusta el color de esta ciudad cuando llueve.
"Aroa, no tienes réplica posible", pensé. Al posar los ojos en mi trozo de tarta descubrí que era de chocolate y fresa. Mi favorita. Además tenía una curiosa forma. La forma de un corazón.
Miré a Sören de nuevo. Ya no miraba la plaza. Sus ojos de color índigo parecían querer taladrar los míos. Solamente se me ocurrió sonreír.
Nunca más me molestó la lluvia.

(c) Irene Sanz