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domingo, 25 de noviembre de 2012

El nombre que pocos saben



Dicen que la muerte es lo único que no tiene remedio. No es verdad. Se puede escapar de la muerte, y no me refiero a evitarla en ese último instante en el que todo parece perdido, en ese último instante en el que tu vida pasa en un segundo ante tus ojos, me refiero a volver de la muerte, a engañarla en su propia mesa, con sus propias cartas, con sus propias reglas. No me creen, ¿verdad? Y hacen bien en mantener sus reservas respecto a la veracidad de mis palabras, en mantener la guardia alta frente a mi lengua viperina. Pero díganme, ¿qué edad aparento? Quizá unos veinticinco, en cualquier caso, no más de treinta. No siempre ha sido así. He visto la vida con los ojos cenicientos de aquellos cuyos días agonizan, y he descubierto la luz con el primer llanto al nacer. He sentido el último aliento de hombres inmensamente ricos, pero también he aspirado la última bocanada de aire de aquellos cuyos días han llegado a su ocaso en la más mísera de las situaciones. Llevo vagando desde los albores del tiempo, poco después de que la tierra se enfriase y los primeros hombres fueran capaces de levantar ciudades. No importan los motivos que me ataron a destino tan atroz, ya ni siquiera los recuerdo, ni me interesa recordar. A lo largo del tiempo he tenido muchos nombres, pero solo uno es el verdadero, uno que muy pocos conocen.

(c) Germán Zamorano

sábado, 3 de noviembre de 2012

El perdón a mis pecados (por Germán Zamorano)



La mente se me escapa, y no quiero correr tras ella. Mejor que sea feliz, ya que puede serlo, mientras yo me sigo consumiendo en mis miserias. Cuando se ha marchado  -la mente, digo- una parte de mí se queda aún más vacía; pero otra parte, la que ya no está conmigo, puede seguir soñando, y aunque sueñe a años luz de distancia, algo de ese calor que irradia viene a calentar mi parte más oscura. Por unos momentos, las penas se olvidan, y vuelvo a creer que todo puede ir bien, que al otro lado del cristal se extiende un amplio valle, rodeado de montañas vigorosas de cumbres escarpadas y surcado por un río de aguas cantarinas con peces plateados. Y también hay un bosque, uno de esos frondosos de hojas color verde vivo que se tornan rojas, naranjas y amarillas cuando llega el otoño. Y pájaros, pájaros de colores que pían alegres entre sus ramas y salpican en el agua cuando van a refrescarse. Es mi refugio. Tú también estás allí, en la casita de madera, al otro lado del puente, junto al río, junto al bosque, al pie de las montañas. Sin embargo, nunca he querido cruzarlo, ni llamar a la puerta; me basta con saber que estás allí, que te tengo cerca, y así puedo imaginarte leyendo junto al fuego, untando chocolate a las galletas o sentada frente al piano tocando alguna melodía con sabor a siglos pasados. Ya ves con qué poco me conformo. Pero esto no dura siempre, y la mente regresa para volver a fastidiarme, hurgando en las heridas del pasado, escarbando en los recuerdos, limpiando el óxido de viejos goznes que mantienen cerradas las puertas de tiempos mejores. Y entonces me noto muy pesado, y triste, y cansado. Y al otro lado del cristal sólo hay una densa niebla gris que engulle los edificios enmohecidos y empapa a los transeúntes que caminan encorvados envueltos en abrigos raídos. Mi dedo repasa los títulos de los libros encuadernados en cuero que cogen polvo en las estanterías, pero mis ojos no leen. Ya no encuentro placer en las palabras, ni en las bellas historias que otros han escrito. Y con paso lento camino hasta el armario, donde el amigo fiel me espera. Y el sabor amargo del whisky barato me abre las puertas de un mundo aún más oscuro y frío, un mundo en blanco y negro, sin valles, ni montañas, ni pájaros, ni río; un mundo aún más gris que los días en que habito. Pero sé que al despertar, la mente volverá a marcharse, y por unos momentos volveré a mi valle y junto a ti. Y a lo mejor, esta vez, mis pies cedan al anhelo de tenerte entre mis brazos, y se atrevan a cruzar al otro lado, y no tiemble mi mano al llamar a tu puerta, y mis ojos lean en los tuyos el perdón a mis pecados.

(c) Germán Zamorano

sábado, 8 de septiembre de 2012

Un lugar maldito (por Germán Zamorano)

Hospital de Wakefield, Massachusetts, marzo de 1919

Creo que llevas demasiado tiempo preocupado por mí. Lo sé por ese montón de cartas que se han acumulado en el recibidor de la casa. Acabo de leerlas, el enfermero me las trajo esta mañana.

Cuando en nuestro último encuentro me relataste esa increíble historia del viejo asesino, no pude resistir la tentación de ir a la escena y contemplar por mí mismo el lugar de los hechos. Estuve en la gasolinera donde esa carretera, castigada por el tiempo, se divide en dos, y el empleado me aconsejó que no tomase la dirección que un mes antes tú habías escogido. La leyenda está muy presente en la comarca, y los vecinos apenas se atreven a acercase a las inmediaciones de las ruinas o a adentrarse en los bosques cuando el sol se pone. No te imaginas lo impresionante del paisaje a la luz de la luna. Las sombras de los árboles cenicientos que crecen tras cruzar el túnel se vuelven sobrecogedoras...

La noche era fresca, y Orión se dibujaba desafiante en un cielo cuajado de estrellas. Entonces, se levantó un aire espantoso y la oscuridad cayó sobre los bosques como una bocanada surgida de las entrañas de la tierra. Aparecieron delgadas nubes, que parecían jirones de algodón empapados de agua, que ocultaron la luna tras su denso cortinaje, y una niebla espesa ocultó las formas haciendo que todo quedase convertido en un inmenso lienzo gris. Los faros del coche apenas iluminaban la carretera. Pensé que lo mejor sería parar y dormir hasta la mañana. Desperté sobresaltado cuando escuché el ruido del motor. Un coche se aproximaba. Toqué el claxon para llamar su atención. La niebla se había vuelto menos densa, y a lo lejos vi los faros que se aproximaban.  Salí a parar al conductor, sin embargo temblé hasta caerme de rodillas cuando al pasar junto a mí vi que eras tú quien conducías… ni siquiera recaíste en mi presencia.

Subí al coche, arranqué y pisé el acelerador a fondo, jugándome la vida en cada curva. Mi velocidad era muy superior a la tuya, y sin embargo no logré alcanzarte. La carretera terminó. No había rastro de ti ni de tu coche. Comencé a buscarte, llamándote a gritos y deambulando sin rumbo entre los árboles. Entonces lo vi: un montón de escombros en medio de un claro. Algunos muros aún se mantenían en pie, aunque la mayor parte de la casa se había derrumbado. Estaba allí, en el mismo lugar en el que tú habías estado un mes antes… ese lugar… ¡ese lugar está maldito! Todo se oscureció de repente. Una ligera brisa cargada de una fuerte pestilencia a podredumbre infestó el bosque. Todo enmudeció, y hasta las escasas florecillas violetas parecieron marchitarse. Y entonces el humo… de entre los escombros comenzó a surgir una columna de humo, y de entre el humo surgió su figura. Llevaba un mandil salpicado de sangre seca, y sus manos estaban manchadas de sangre y la sangre salpicaba su cara. Flotaba, flotaba a medio metro del suelo, entre el humo, ensangrentado, mirándome. ¡Todo era tan real! Salí corriendo. Tropecé. Caí. Subí al coche y aceleré. Pasé junto a un árbol cuyas retorcidas formas me sobrecogieron, y al rato volví a pasar junto a otro de similares características. El paisaje parecía no cambiar. Los árboles tomaban formas grotescas. Sus ramas se retorcían como si sufrieran de un horror insoportable. Estaba asustado. Aún siento escalofríos al recordarlo. No conseguía salir de allí, me movía en círculos. Paré el motor, reflexioné unos segundos y tomé otra dirección. Pensé que lo mejor sería conducir en línea recta, pero unos metros después volví a pasar junto al mismo árbol. Las huellas de los neumáticos se entrecruzaban una y mil veces. Paré de nuevo, traté de pensar… entonces escuché el claxon. Había otro coche, creí que eras tú, pero al acercarse no pude creer lo que veía: yo mismo conducía aquel coche que me iba a embestir, podía verme, en mi cara se dibujaba la locura, un horror más allá de lo indescriptible. Pasado y presente se fundían en el mismo instante… Después, la colisión. Y todo se volvió negro.

Desperté en esta cama, en el hospital de Wakefield. Tenía las manos y la cara vendadas. Me dijeron que había sufrido un accidente con el coche, que había caído por un barranco tras cruzar un túnel y que no se sabe qué milagro hizo que lograra apartarme a tiempo cuando el coche estalló en llamas.

(c) Germán Zamorano

domingo, 17 de junio de 2012

Historias de la guerra: sobre Inglaterra (por Germán Zamorano)


-¿Por qué no me lo quieres contar, abuelo?
-Porque no hay nada que contar, Isaac.
-Pero tú eres un héroe.
-¿Quién te ha dicho eso? Bueno, mejor no me lo cuentes. No quiero saberlo.
-Me lo ha dicho el tío.
-Te dije que no quería saberlo. Tu tío tiene la lengua demasiado larga.
-¿Me lo vas a contar?
-Ya te he dicho que no tengo nada que contarte.
-Pero el tío me ha dicho que tú luchaste en la guerra, y que te enfrentaste…
-No hay nada de heroico en la guerra, Isaac. La guerra siempre es un error. No deberían de existir las guerras.
-Pero, abuelo…
-Verás, hijo, cuando despegábamos nunca sabíamos qué iba a ocurrir. Yo era un poco mayor que tú, y tenía miedo.
-¿De qué tenías miedo? Los guerreros nunca tienen miedo.
-Sí que lo tienen, Isaac. Solo los temerarios no tienen miedo. Cuando despegabas nunca sabías si ibas a volver a aterrizar. Podían ocurrir muchas cosas, y estábamos muy cansados. Conocí a muchos pilotos que no fueron tan afortunados como yo. Al principio creían que todo iba a ser fácil, pero los ingleses no nos lo pusieron sencillo, pelearon con bravura por defenderse, y la batalla duró más de lo previsto. Había que invadir Inglaterra a toda costa, pero para eso, primero teníamos que acabar con su fuerza aérea. En Polonia y en Francia las cosas fueron bien, pero no sucedió lo mismo en Inglaterra. Salíamos al ocultarse el sol y volábamos sobre el Canal hasta llegar a las playas. Entonces nos disparaban…
-¿Te disparaban, abuelo? –pero el abuelo ya no escucha. Tiene la mirada perdida, y una noche de humo y fuego desplegada ante sus ojos.

-Teníamos que escoltar a los bombarderos, no podíamos subir demasiado, ni ir muy rápido, lo que nos ponía en desventaja. En el combate aéreo, la altitud y la velocidad son cruciales. Cuando llegábamos, caían sobre nosotros como abejas enfurecidas. Entonces, sonaban las sirenas antiaéreas y la macabra sinfonía de las bombas que seguía al zumbido de la aviación, un enjambre despiadado que anunciaba una tormenta de silbidos y explosiones a la que se unían el fuego y los escombros. Londres era pasto de las llamas. Los almacenes y los edificios situados junto al río ardían proyectando su ígneo resplandor sobre las aguas que fluían mansas en la noche. Aquí y allá podían verse focos de fuego donde las bombas incendiarias, lanzadas por nuestros bombarderos, habían impactado causando estragos en la capital inglesa. Parecía de día. Las llamas iluminaban con tanta intensidad, reflejándose en las nubes, que a veces parecía que el sol hubiese saltado de repente la línea del horizonte para ser testigo de la estupidez de los hombres… Veinte minutos, veinte largos minutos… Los cazas no tenían autonomía para mucho más. Nuestro esfuerzo se concentraba en aguantar ese tiempo, dar cobertura a los bombarderos mientras maniobrabas para evitar ser derribado y no chocar el aire, y después, poner rumbo al sur y tratar de alejarte de aquel infierno. Si lograbas regresar, permanecías en la pista, esperando, esperando a que aterrizase el último de los nuestros. Y luego… luego contabas a todos los que no lo habían conseguido.
Isaac tiene los ojos llenos de lágrimas. El abuelo lo abraza.
-¿Ves? No hay nada de heroico en la guerra, hijo.
 (c) Germán Zamorano




martes, 8 de mayo de 2012

Historias de la guerra: Un blanco fácil (Germán Zamorano)


            Bremen (Alemania), 20 de diciembre de 1943

            ─¿Por qué tenemos que bombardearla otra vez? ─dijo Brown levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido de los motores.
            ─Son las órdenes, Teniente. Soltar la carga y volver a casa.
            Prefirió no contestar. Al fin y al cabo, él no estaba allí para cuestionar las órdenes, las diese quien las diese. Bastante tenía ya con pilotar aquel trasto y llevarlo sano y salvo de regreso a la base.
            En ese momento, las baterías antiaéreas comenzaron a escupir fuego. Las trazadoras partían la oscuridad de la noche iluminando la cabina a intervalos. Brown viró a la izquierda, picando un poco, hacia la boca del lobo, hacia el malvado corazón de la bestia. El avión protestó, pero enfiló el rumbo.
            ─Estamos en la línea del objetivo.
            ─Muy bien, chaval, ahora procura mantener recto y en el aire este trasto. En un rato habremos acabado. ¿Habéis oído, holgazanes? ¿A qué esperáis? ¡Vamos, joder, abrid las compuertas!, ¿o es que queréis bombardear cuando se haya terminado esta maldita guerra?
            Los artilleros se apresuraron. Las compuertas se abrieron. Muchos metros por debajo, las primeras bombas incendiarias comenzaban a engullir los barrios periféricos de Bremen.
            ─Estamos sobre el objetivo[1].
            Y las bombas comenzaron a caer, de una en una, a intervalos regulares, directas hacia las ruinas de una ciudad castigada con crudeza, hacia las ruinas de una ciudad que albergaba las últimas almas que resistían, entre escombros, tras varios años de guerra.
            ─¡Ya están aquí, Capitán, son Messerschmitt!
            ─¡Malditos cabrones! ¿Y dónde coño están los nuestros? ¡Mantenga el rumbo, Teniente!
            ─¡Nos van a hacer picadillo!
            ─¡No se desvíe, mantenga el rumbo, es una orden!
            Dos Bf-109 surgieron desde arriba, pasaron cerca del bombardero y maniobraron con agilidad buscando su cola. Abrieron fuego.
            ─¡Los tenemos a las seis! ¡Joder, que alguien dispare esas ametralladoras!
            Y las ametralladoras comenzaron a cantar, buscando con sus notas del calibre 50 a los cazas alemanes. En el cielo, una danza de fugaces líneas amarillas, humo y olor a pólvora. El fuselaje recibió varios impactos. El artillero de cola fue alcanzado de gravedad.
            ─¡No podemos seguir en línea recta, Capitán! ¡Somos carne de cañón!
            Las últimas bombas fueron arrojadas. Los dos cazas volvían a maniobrar para buscar posición de ataque.
            ─Ya está, Teniente. Nos largamos. ¡Sáquenos de esta madriguera!
            El fuego antiaéreo se había intensificado. Algunos bombarderos caían en picado o en barrena dibujando estelas de humo en el cielo negro. Brown hizo un viraje mientras ganaba altura. Varios focos de fuego iluminaban la noche, horadando las tinieblas con llamas de varios metros de altura. Bremen estaba siendo masacrada.
            ─¡Ahí están, los tenemos otra vez en la cola!
            Los cazas fueron más precisos en su ataque y sus ametralladoras de 13mm barrieron el fuselaje y parte del ala izquierda. El motor estalló en llamas.
            ─¡Estamos jodidos! ¡Perdemos potencia!
            ─¡Maldita sea! ¿Dónde están los nuestros?
            Una nueva andanada terminó por desprender parte de las placas del fuselaje. Dos artilleros resultaron muertos, y otros dos más heridos por los fragmentos desprendidos de metal.
            ─¡Estamos cayendo, perdemos altura!
            ─¡Manténgalo en vuelo, Teniente! Tenemos que salir de aquí. ¿Cree que podemos cruzar la frontera?[2]
            ─No lo sé Capitán, será un milagro si lo logramos. Tenemos el fuselaje abierto y el motor izquierdo está inutilizado.
            ─Inténtelo, Teniente. Nuestras tropas están esperando para avanzar. Si logramos llegar al otro lado estamos salvados, aunque tengamos que aterrizar este montón de chatarra con el culo ─el Capitán gritaba junto al oído de Brown.
           
            Stigler[3] buscó su objetivo en el cielo. El B-17 se alejaba, desprendiendo volutas de humo y fragmentos de metal mientras perdía altura. Su único motor en funcionamiento[4], fatigado, no aguantaría mucho más. Indicó a Steinhoff que guardase sus seis y se situó a la cola del bombardero, centrándolo en la mira, dispuesto a derribarlo. El B-17 continuaba en línea recta, descendiendo ligeramente. Stigler se extrañó de que no abriesen fuego. Se acercó un poco más.
            ─¿Qué ocurre, Stigler? ¿Por qué no lo mandas al infierno?
            Stigler no contestó. Continuó acercándose hasta situarse en paralelo, por la parte del ala derecha. A través de los destrozos del fuselaje podía ver el interior del avión de Brown y cómo la tripulación se ayudaba mutuamente mientras el piloto luchaba por mantener el rumbo y la altitud.
            ─No puedo derribarlos.
            ─¿Y qué piensas hacer, escoltarlos hasta la frontera holandesa?
            Nuevamente optó por callar. Para Stigler era como si estuviesen cayendo en paracaídas. Los veía, eran un blanco fácil, pero no podía derribarlos. Así, no.
            ─Sabes que esto te puede costar un consejo de guerra ─y Steinhoff viró ciento ochenta grados, rumbo a Bremen, abandonando a su compañero.
            Stigler continuó escoltando al maltrecho B-17 hasta la frontera, entonces, saludó a Brown y regresó a su base.


[1] Aquel 20 de diciembre de 1943, el B-17 pilotado por Charlie Brown tenía como objetivo el bombardeo de una fábrica de aviones cerca de Bremen.
[2] En realidad, lo que hizo el avión de Brown fue cruzar el Mar del Norte hasta suelo inglés.
[3] Stigler no participó en el ataque al B-17 de Brown sobre el cielo de Bremen. Él estaba repostando y rearmando su avión en un aeródromo cercano. Cuando los alemanes vieron la retirada de los bombarderos aliados, fue ordenado despegar para abatirlos.
[4] El B-17 tiene cuatro motores, y no dos como se da a entender en el texto. El 20 de diciembre de 1943, el B-17 de Brown resultó seriamente dañado, y regresaba con tres de sus motores inutilizados.