lunes, 11 de marzo de 2013

Tarta de frutas

Aún no me había recuperado completamente de las desagradables náuseas que me había producido el viaje desde el aeropuerto de Copenhague-Kastrup hasta aquella plaza del centro de la ciudad. A pesar del vientecillo helador que parecía heraldo de más lluvias, no logré despejarme un ápice. Sören y yo habíamos quedado a las doce en la plaza de Kongen Nytorv, donde, a esa hora, la rumorosa muchedumbre de paisanos y forasteros emulaba un perfecto hormiguero humano. El viaje no había durado más de diez minutos, pero fue tiempo suficiente para que el estómago se me revolviera. 
Ahí estaba yo, perdida y mareada en medio del tranquilo gentío mientras la torre de la iglesia de San Nicolás, una afilada aguja verde que se alzaba al cielo como intentando arañar las nubes, veía desdibujados sus estilizados contornos por la niebla y la lluvia. Y estaba esperándole. Sí, a él. Levanté la mirada cuando una minúscula gota de lluvia se posó en mi nariz. Maldije a Sören. Iba a llover más, si cabía.
-¡Aroa! -escuché que me llamaba alguien a mis espaldas. Al girarme le encontré a pocos metros de mí, medio engullido por el torrente humano y con una preciosa sonrisa perfilando sus finos labios. Las tripas se me retorcieron de puro nerviosismo. Cogí mi maleta bermellón y me acerqué a él, tratando de esconder, si bien a duras penas, el malestar que azotaba mis entrañas. Pero, ¡oh, magia ignota! Aquel malestar fue desapareciendo conforme mis desvaídos pasos me llevaban ante él. Al mismo tiempo me parecía estar llegando a las mismísimas puertas del cielo.
-Estás preciosa -me dijo, ensanchando aquella sonrisa suya que podía fácilmente devolverle la vida a un cadáver, por muy putrefacto que estuviese.
-Tú también estás muy guapo -logré comentar. No mentía en absoluto. Estaba guapo, muy guapo. Se inclinó sobre mí, me prodigó dos besos formales y cogió mi maleta para llevársela consigo. El corazón bailoteó en mi pecho durante un milisegundo, para quedar irremediablemente petrificado ante la despiadada frialdad que Sören mostraba conmigo. Los ojos, por un momento, me picaron. De haber podido mirarme en un espejo, los habría visto enrojecidos. La incertidumbre que me invadía desde hacía meses se estaba convirtiendo en una verdadera tortura. 
-Ven, anda. Vamos a La Brasserie -dijo Sören, dándose media vuelta y poniendo rumbo, entre la inquieta muchedumbre, hacia un lugar desconocido para mí.
-¿La Brasserie? -Estimé que mi voz no me delataba demasiado-. ¿Qué es eso?
Sören se giró un segundo para mirarme con esos ojos suyos como hechos de mar embravecido.
-Un café donde sirven la mejor tarta de frutas de la ciudad.
Volvió a negarme la masculina hermosura de su rostro y continuó sorteando riadas de visitantes. Yo le seguí, muda de tristeza por espacio de varios minutos, hasta que me decidí a hablar de nuevo.
-¿Cuánto tiempo has estado esperándome aquí?
-Toda la mañana.
Aquella contestación fue peor que toda la lluvia del mundo sobre mi embarullada testa.
-¿Toda la mañana?
-Sí.
La Brasserie se mostró ante nosotros con la humilde e impertérrita majestad de los establecimientos gozosos de cierta historia. Al entrar, un extraño y acogedor murmullo, tan tenue como heterogéneo, me envolvió y me arropó como haría una madre amorosa con su hija. Y el aroma dulce de las tartas, expuestas como estaban en un mostrador de cristal cóncavo, me hizo sonreír a pesar de todo. Una mesa y dos sillas vacías, junto al amplio ventanal que daba a la plaza, parecían estar esperándonos desde hacía largo rato.
-¿Y por qué has estado aquí toda la mañana? -le pregunté, llevando una mano un tanto acusadora a la plaza, que poco a poco volvía a hundirse en una grisácea oscuridad, preludiando un buen chaparrón en ciernes. Sören se acomodó en una de las sillas y yo en la otra, tratando a la vez de desentrañar algún enigma de los muchos que me planteaba su pétrea expresión facial.
-Porque llovía -me contestó, tan tranquilo que casi me dieron ganas de abofetearle, rabiosa.
-Eso no tiene sentido.
-¿Y por qué no? -me preguntó. Pretendía responderle cuando una mujer de rostro redondo y tez rubicunda nos sirvió té y dos trozos de tarta. Me fijé en el de Sören. Parecía de limón. Y simplemente ignoré el mío.
-Porque nadie pasea bajo la lluvia -le contesté. Sören, en vez de extrañarse, me sonrió.
-No he dicho que estuviera paseando. 
-¿Entonces? ¿Por qué estuviste tantas horas?
Sören perdió la mirada en la plaza, aquel fastuoso rincón de Copenhague sobre el que una repentina pero previsible lluvia descargaba de nuevo su cólera.
-Porque me gusta el color de esta ciudad cuando llueve.
"Aroa, no tienes réplica posible", pensé. Al posar los ojos en mi trozo de tarta descubrí que era de chocolate y fresa. Mi favorita. Además tenía una curiosa forma. La forma de un corazón.
Miré a Sören de nuevo. Ya no miraba la plaza. Sus ojos de color índigo parecían querer taladrar los míos. Solamente se me ocurrió sonreír.
Nunca más me molestó la lluvia.

(c) Irene Sanz

martes, 19 de febrero de 2013

Ahí, siempre ahí

Ahí, siempre ahí,
como un viento ingobernable
que revuelve mis ideas
y poco después desaparece.
Como el fulgor trémulo
de las estrellas, que rompen
el profundo negro de mi noche.
Como un petirrojo que vigila
y no es vigilado
sino por el cobre de su pecho.

Ahí, siempre ahí,
para hablarme
cuando otros callan.
Para abrazarme
cuando otros se marchan.
Para revivirme
cuando otros me matan.
Para sacarme
de los abismos de la tristeza
cuando otros me hunden en ellos.

Ahí, siempre ahí,
hecho de palabras y caricias,
de dulzura y poderío,
de templanza, luz y magia.
Hecho de fuerzas que me renuevan
y de besos que, aun lejanos,
llenan mi boca
de miel y sonrisas.

Ahí, siempre ahí,
un fuego tranquilo
que en lontananza
da brillo y calor.
El agua humilde del río
que ofrece calmar mi sed.
El pan sagrado
que aniquila mis pecados.
El lecho mudo
que a mi cuerpo espera
noche tras noche.

Ahí, siempre ahí,
y nos queremos,
cielo mío,
tú y yo.

(c) Irene Sanz

viernes, 25 de enero de 2013

¡Hasta nunca!

La casa se asemeja a una bestia salvaje y demencial, a un odioso Leviatán que, hambriento, reclama corazones que aún laten y almas que aún logran refulgir. Las habitaciones están oscuras, y flota en ellas un hediondo olor a carne calcinada, mordiente aroma que la Parca desprende cuando se halla deseosa de cercenar vidas y caminos. Los pasillos, angostos y gélidos, juguetean conmigo y me hunden aún más en las pútridas entrañas de la mansión. Sombras insaciables me siguen el rastro sin descanso ni tregua, y huyo para salir de aquí, con quemazón en los pulmones y colapso en mi corazón tras una carrera frenética. Mis pies desnudos sangran con profusión, tintando de carmesí el chirriante suelo de madera. Pero nada me importa, salvo alejarme de las sombras, esas malditas sombras que constriñen mi garganta y dañan mis oídos con la impiedad de sus agudos alaridos. ¡Sombras infernales, dejadme! ¡Olvidadme!
La sinfonía de gritos sin boca se convierte en una tempestad de risas burlonas. Los demonios se ríen de mí. ¡Se ríen de mí! ¡Estoy indefensa! ¡Sola! ¡Sola! ¡Y lloro! ¡Lloro de terror, de desesperación, de tristeza! ¡Malditas sombras! ¡Malditos miedos!
Todo es oscuridad, un infierno insomne y desatado en la noche, aullidos dementes que exigen una muerte violenta, la mía. Ya no puedo aguantar más. ¡No puedo aguantar más!
La ventana ovalada del final del pasillo parece entonar un irresistible canto de sirena. ¡La luz de la luna me llama! ¡Abrázame con tu azul pálido, luna creciente de invierno! ¡Líbrame del mortal beso de las sombras! ¿Quieres que vaya! ¡Iré! ¿Quieres que abra la ventana? ¡La abriré! ¿Quieres que salte? ¡Saltaré! ¡Y caigo! ¡Por fin caigo! ¡Ah, libertad! ¡Orgásmica libertad! ¡Adiós, sombras malditas! ¡Adiós! ¡Hasta nunca!

(c) Irene Sanz

martes, 15 de enero de 2013

Seré la almohada que te regale los mejores sueños

Cascada de sensaciones en un mismo hechizo,
arrullos bajo la luna, el fuego del renacer,
cavernas que el amor esconden,
lanza en ristre que busca el placer,
pliegues saboreados, el mejor paraíso.

Seré la almohada que te regale los mejores sueños.

Atávica fusión de dos almas en una,
nocturna melodía, cadencia entre dos,
pieles que rezuman perfumes ardientes,
labios que se juntan en un mismo dulzor,
ojos que se besan con ansiosa ternura.

Seré la almohada que te regale los mejores sueños.

 Placeres humanos, el mundo olvidado,
gritos en la noche, dormida razón,
leche y miel cual néctar y simiente,
quejidos de cama que hablan de pasión,
mágica danza de dos cuerpos tumbados.

Seré la almohada que te regale los mejores sueños.

(c) Irene Sanz

martes, 8 de enero de 2013

Olivia Dunsterville (5)

Acuarela nº 5: Los chicos que se despertaron al día siguiente

 -¡Estoy escuchando música, Olivia! ¡La oigo! -anunció Viktor, entusiasmado.
-¡Muy bien, muchacho! -le felicitó Kornbock, que revoloteaba entre las oscuras mariposas y producía con el fuerte batir de sus alas su propia música.
-Cada sonido de este mundo, Viktor, es una nota, y cada grupo de notas es un acorde. Cada grupo de acordes es una melodía, y esa es la melodía que hacen todas las cosas de este mundo -resumió Ellyllon, tan satisfecha como Kornbock, jugueteando a la vez desde las polvorientas alturas con el codiciado lóbulo.
-¡Ya lo entiendo! -dijo Viktor, el corazón acelerado, la sonrisa radiante. Fue entonces cuando Fossengrim, junto a Ellyllon, clavó sus diminutos ojillos en Olivia. 
-Ahora es tu turno, niña -anunció. La muchacha frunció el ceño, extrañándose.
-Yo no puedo contar tantas mariposas -negó, encogiéndose de hombros mientras sobre su cabeza la curiosa sinfonía de las mariposas seguía imparable su curso.
-No es eso lo que debes aprender hoy -dijo Fossengrim.
-¿Y qué tengo que aprender?
-Si tú no puedes, deberás ser humilde y pedir ayuda a quien sepa hacerlo, como ya te dije.
Olivia desvió la mirada hacia Viktor, que continuaba extasiado con la música que los envolvía. Tragando saliva y carraspeando, se acercó a él con una tímida sonrisa perfilada en sus labios mutilados.
-Viktor, por favor, ¿podrías decirme cuántas mariposas hay aquí?
El chico la miró a ella durante un momento, sonriéndola con igual ternura.
-Eso es fácil. Hay trescientas doce.
Fossengrim, Ellyllon y Kornbock estallaron en carcajadas de triunfo casi a la par que Telfusa. Las risas inundaron el castillo de Dunsterville e hicieron desaparecer a las sombras que hasta entonces habían dominado cada pasillo y cada estancia.
-¡Os los habéis ganado! -gritó Kornbock. Ellyllon soltó el lóbulo y Fossengrim el labio, que cayeron sobre los muchachos en mitad de la inquieta nube de mariposas. Todo, así, se iluminó de blanco perla. Y ya no pudieron ver nada más.
*
-¡Chicos! ¡A levantarse! Hay que ir al cole -dijo mamá con dulzura mientras el estruendo del despertador se esforzaba inútilmente en levantarnos de la cama. Miré a mi hermano Viktor, en su cama junto a la mía. Estaba tan adormilado como yo. En esos instantes aún pude escuchar la voz de Kornbock en mi cabeza diciéndome:
-¡No te olvides de dar las gracias, Olivia!

FIN

(c) Irene Sanz