lunes, 23 de julio de 2012

El océano enfurecido

Ninguno de los que íbamos a bordo del Oengus pudimos intuir siquiera la clase de tempestad a la que los dioses tenían pensado someternos. Nuestro barco, un viejo paquebote sin muchas pretensiones de seguir dando servicio un año más, se vio sacudido por unas olas a babor y estribor que parecían el fruto de los peores odios de Neptuno. Leviatán en persona parecía empeñado en sepultarnos bajo toneladas de agua salada y oscura. Aterrados tripulantes correteaban incansablemente de acá para allá, tratando por todos los medios de mantener a flote el navío.
Mi esforzado padre me ordenó permanecer a salvo en los camarotes mientras él retornaba a cubierta para echar una mano a los marineros. Yo era un adolescente, y como tal ignoré la orden. Ascendí a paso raudo por la escalerilla hasta quedar, como los demás, expuesto a la cólera de la tormenta. El océano parecía haberse convertido en el mismísimo infierno.
No sé en qué momento una ola monstruosa engulló medio barco, y al retirarse me arrastró con ella a las heladoras profundidades. Grité y pataleé, tratando de agarrarme a algo. Fue inútil. Caí por la borda y el agua pareció querer convertirse en mi sepultura. El frío me acribilló la piel y paralizó todos y cada uno de mis músculos. Poco a poco el tenue fulgor de la superficie se fue alejando de mí; sobre mi cabeza quedaron los alaridos de los marineros del Oengus, los chasquidos de la quilla y de los palos, el viento aullador rasgando el maltratado velamen. Todo quedó lejos. Todo, incluso la vida. Mis pulmones se llenaron de agua y el aire desapareció de mi cuerpo. Me comencé a marear. Mis ojos se nublaron. Me moría. 
En ese momento, unas manos aún más heladas que el propio mar me cogieron de la cintura y me elevaron, hasta mostrarme un cabo que se mantenía unido a las rotas cuadernas del navío. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y me así a la áspera cuerda hasta salir a la superficie. Un marinero en cubierta me encontró, y entre varios me alzaron hasta ponerme a salvo. El Oengus quedó varado en la costa minutos después, empujado por aquella tempestad que ni aun los más ancianos lobos de mar recordaban haber vivido. Mi debilidad me impidió ponerme en pie y asomarme al mar de nuevo para ver quién o qué me había salvado la vida. Nunca lo supe. Lo que ocurrió aquella noche sigue siendo un misterio.

(c) Irene Sanz

martes, 17 de julio de 2012

Amor

Noche y su luna, día y su sol,
niño y su cuna, cruel sinrazón.
Agua y su canto, planta y su flor,
fe sin quebranto, así es el amor.

Senda tortuosa, luz del camino,
mudez clamorosa, del mundo destino.
Anhelo y rechazo, así perseguido,
pasión y flechazo, el bien preferido.

A tientas avanza, callado conquista,
no admite tardanza, al malo despista.
Amor, que te buscan; amor, que me inflamas,
amor, que te odian; amor, que nos llamas.

(c) Irene Sanz


 

viernes, 29 de junio de 2012

La dama

El diminuto pincel en su mano correteaba sobre la tabla de forma imparable, impregnado con óleo de color ocre apagado. A su lado, sobre una oscura mesita baja, una paleta de madera pulida ofrecía una desperdigada gama de colores terrosos. Mientras tanto, Cecilia posaba en silencio, sosteniendo en su regazo un precioso hurón blanco que no paraba de moverse.
-No os mováis, señora. Ya casi hemos terminado. Si el duque de Milán lo aprueba tened por cierto que vuestro retrato alcanzará la eternidad.
-No es Ludovico quien debe aprobar su belleza, sino yo -dijo la muchacha, sin moverse-. Procurad, por tanto, realizar bien vuestro encargo y se os pagará como merecéis.
Leonardo se peinó la espesa barba con los dedos manchados de aceite, sin dejar de pasear el extremo del pincel por la superficie de
l cuadro.
-Por supuesto, señora.
Pasaron unos escuetos minutos en los que la susurrante algarabía del mercado se coló tímidamente por los ventanales abiertos del estudio. Una luz aperlada invadía el espacio, iluminando cientos de minúsculas partículas blanquecinas que flotaban de acá para allá.
-Imaginad por un momento que el duque desaprueba vuestra obra -volvió a decir Cecilia, adoptando un tono de voz juguetón, como cuando tocaba el laúd y sentía los ojos ávidos de los hombres clavándose en su joven cuerpo de diecisiete años.
-Eso lo hago todos los días, señora.
-¿Y qué pensáis que podría pasar?
Leonardo dejó el pincel sobre la mesita tras limpiarlo con un paño húmedo. Poco después desvió la mirada hacia la muchacha. La dedicó una cálida sonrisa preñada de miles de vivencias pasadas.
-Querida niña, puesto que eso es lo que sois, me temo. Si vuestro amante el duque de Milán rehúsa pagarme por el esfuerzo empleado durante todo este tiempo, sabed que no me ofenderé.
-¿Y por qué?
-Porque en todo caso con vuestro retrato he perfeccionado mi arte, con vuestra belleza he deleitado mis ojos, con vuestra inteligencia he colmado mi curiosidad, y con vuestra compañía he rejuvenecido mi alma.
(c) Irene Sanz

martes, 26 de junio de 2012

Exigua llama

Provenza, Francia, 1547
La noche está tranquila y muda, el cielo limpio y estrellado, las gentes dormidas e ignorantes de lo venidero. Un par de pies, peregrinos e inquietos, se deslizan hacia las entrañas de un gran caserón de las afueras.
-Nada debe creerse en vano. Nada ha de creerse nunca en vano.
El médico que a todos sana y ayuda musita palabras incognoscibles mientras llega al estudio. Cientos de objetos convierten la sala en un mundo de conocimientos. Astrolabios y espejos, inventos de hierro y madera, pergaminos y plumas, botes y frascos. 
Francés, hebreo y latín se alían en su mente y cristalizan en misteriosos preludios. La luz temblorosa de las velas tiñe el lugar de dorado y carmesí. Hace frío, y de sus labios se escapan juguetonas volutas de vaho que poco a poco se extravían en el espacio hasta desaparecer.
Toma asiento ante un gastado escritorio de caoba y bronce. La moteada pluma de avutarda está preparada. El tintero espera anhelante para servir a su propósito. Hunde el extremo de la pluma en la negrura de la tinta. El pergamino recibe los primeros arañazos ante sus ojos apasionados.

De noche, sentado y en secreto estudio.
Tranquilo y solo, en la silla de bronce:
Exigua llama saliendo de la soledad,
Hace prosperar lo que no debe creerse en vano.

Permanece quieto durante unos instantes, leyendo sus propias palabras a sabiendas de todo cuanto aún quedaba por escribir. Será un enorme trabajo, se dice. Acerca de nuevo la pluma al pergamino, y escribe una sola frase más.

Soy yo, Michel de Notredame
El heraldo del saber de las sagradas esferas, 
Y mediante mis palabras
Pasado, presente y futuro verán sus cimientos temblar.

(c) Irene Sanz 

jueves, 21 de junio de 2012

El caminante ante el mar de nubes

Aquella desapacible mañana de mediados de noviembre mi amigo Caspar y yo hablábamos acaloradamente acerca de un nuevo cuadro. El lienzo aún continuaba tan blanco como su mente. Era triste verlo sobre el caballete, sin una historia que contar ni unos sentimientos que expresar. Después de muchas diatribas, Caspar, sin decir después una sola palabra más, me conminó a seguirle. Salimos de la ciudad envueltos en una bruma espesa, internándonos en unos campos en barbecho cuyo final la vista no me permitía alcanzar. Mientras caminábamos rumbo a aquel lugar que solamente él conocía tuve la extraña sensación de que aquel día sería memorable. Caspar llevaba consigo el caballete, el lienzo y la maleta con los óleos, la paleta y los pinceles. Me pregunté lo menos una docena de veces durante el trayecto qué era lo que se le había ocurrido. Pronto nuestras respiraciones fatigosas rompieron el silencio.
-Caspar, amigo mío, ¿adónde pretende llevarme?- me atreví a preguntar, incapaz de dominar mi curiosidad.
-A la inmortalidad- me contestó. Jamás una cuestión tan vanal había sido contestada de un modo tan trascendente.
Ascendimos riscos y bajamos pendientes, hasta que al fin frenamos en un precipicio, a cuyos pies un mar de niebla se movía como un ser vivo a merced de la brisa mañanera.
-Ahora, quédese quieto- me ordenó el pintor, parándose de repente tras de mí. Y el óleo comenzó a cantar.
(c) Irene Sanz